JORNADA DEL CLERO EN LUJÁN
Basílica Nuestra de Luján
Martes 9 de mayo de 2017

MISA CON EL CLERO EN LUJÁN
Homilía Mons. Gabriel barba

Celebramos esta Misa en la Basílica como peregrinos, y no venimos individualmente, o con nuestras comunidades, como lo hacemos tantas veces en el año, sino que este es nuestro encuentro como Clero de la Diócesis de Gregorio de Laferrere. Como hermanos en el sacerdocio, constructores de una fraternidad que no la puede hacer otro, que la tenemos que hacer nosotros, y hoy estamos por ello a los pies de nuestra Madre.

Celebramos esta jornada del Clero en Tiempo Pascual. Estos días venimos leyendo en las Misas textos de Hechos de los Apóstoles, la predicación de Pedro frente a la gente que, en masa, se convertían. Decían que luego de las predicaciones, contabilizaban tres mil bautismos. Bautismos de a miles de personas que querían seguir entusiastamente los pasos de Jesús. Recuerdo una de esas Lecturas que tuvimos en estos días donde, frente a la predicación de Pedro, decía Lucas en Los Hechos de los Apóstoles: “la gente se conmovía”. Quiero poner el acento en esto…, en esta Iglesia viva. Iglesia que despierta…, Iglesia que motiva…, Iglesia que da ganas de sumarse…; ésta Iglesia Apostólica de hace dos mil años, es la misma y única Iglesia de la cual nosotros formamos parte y que también, como con los Apóstoles, como sucedió con los Apóstoles, estamos llamados a conmover y a ser conmovidos.

Cuando escuchaba esta lectura en estos días le pedía a Dios este Don Pascual, de tener un ministerio que nos conmueva, que me conmueva… que yo pueda transmitir también a los demás la alegría del Evangelio, la alegría de ser cristiano, las ganas de ser cristiano. Solamente la voy a poder transmitir si yo la vivo primero.
Hoy, a los pies de la Virgen, como Clero de la diócesis de Gregorio de Laferrere, esto es lo que le pido a la Virgen: que vivamos un ministerio que nos conmueva, que vivamos un ministerio vivo, que vivamos con alegría la pasión del Evangelio pero, sobre todo, con aquella misma fuerza y encanto y entusiasmo por el cual algún día, formalmente, dejamos todo para seguir a Jesús, y dijimos “sí”. Con el paso del tiempo…, cada uno con los distintos años de consagración…, pero que éste conmoverse pueda seguir estando, de la misma manera, vivo y fuerte.

Pensaba en las manos de los obreros que trabajan con sus propias manos…, cuando estoy en algún barrio, en alguna capilla y le doy la mano a alguna de las personas que forman parte de las comunidades y me impresiona como raspan sus manos. Raspan en serio. Hay manos muy rústicas, con duros cayos. Manos carcomidas por la cal o por el cemento. Siempre me impresionó eso…; la mano hace su propio callo, se pone fuerte para poder sobrevivir a la bravura, a lo arduo. Esto es también lo bueno y lo peligroso que tenemos nosotros como sacerdotes que, permanentemente, nos toca convivir con lo bueno y con lo malo, con lo de Dios y con lo que no es de Dios. Muchas veces nos toca resolver cuestiones administrativas, organizativas, sociales, civiles, problemas económicos, problemas judiciales, y, necesariamente nos tenemos que hacer duros, nos tiene que salir un cayo para no perder la fuerza, para poder sobrevivir, naturalmente, como en las manos de los albañiles se hacen esos cayos. También a nosotros se nos van haciendo esos cayos que nos permiten no aflojar, no quebrarnos… Eso es lo bueno, pero lo malo es que tengamos un corazón encallecido, que nos acostumbremos a lo arduo, que nos acostumbremos, a lo mejor, a las cosas difíciles, a los problemas y perdamos sensibilidad. Es fundamental para nosotros, como sacerdotes, nunca dejar de tener un corazón sensible, un corazón que sienta… Por eso, como decía recién la referencia de los Hechos de los Apóstoles: necesitamos un corazón capaz de conmoverse. Que no nos acostumbremos a la grandeza de poder Consagrar cada día el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La grandeza de poder dar el perdón en el nombre de Dios, que no se nos haga callo nunca, de sabernos, de sentirnos, hombres del misterio, hombres de Dios, hombres llamados a transmitir la sensibilidad más profunda de la Misericordia de Dios.

En las Lecturas, también de hoy, se nos hablaba de ser santos, santos e irreprochables, decía San Pablo a los cristianos de Éfeso. Que nuestro Ministerio Sacerdotal también sea un ministerio donde cada día de la vida, a través de la oración y de esta fina sensibilidad, nunca dejemos de buscar la santidad y que seamos irreprochables. Todos somos pecadores sin ninguna duda y Dios nos ha elegido siendo pecadores. No nos llamó al Sacerdocio porque seamos perfectos, pero que nunca dejemos de trabajar día a día de crecer en santidad y que podamos, algún día, presentarnos por la Gracia de Dios, por su Misericordia y su Perdón, también irreprochables.

Y, por último, estamos aquí, a los pies de la Virgen como el discípulo amado estuvo a los pies de Jesús en la Cruz y recibió a María por Madre, representándonos a nosotros. Que junto a la Cruz de cada día, sepamos que no estamos solos, que también María, nuestra Madre, de pie y tomados de su mano, bajo la ternura de su Manto, recordemos que somos sus hijos, que nos protege, para que vivamos, entonces, con santidad este regalo que Dios nos ha dado de poder seguir a Jesús a través de la vida Sacerdotal.

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